Hay frases que envejecen mal. Muy mal.
Durante años escuchamos que la entrada de Talavera era una vergüenza. Que era la carta de presentación de la ciudad. Que hacía falta embellecerla. Que era imprescindible dignificar el principal acceso para que quien llegara entendiera que estaba entrando en una ciudad con aspiraciones.

Y, cómo no, también escuchamos el discurso de siempre: «otras administraciones no ayudan», «nos faltan inversiones», «Talavera merece más».
Hoy, sin embargo, parece que todo aquello era simple literatura política
Porque ahora, quienes hablaban de jardines, imagen de ciudad y desarrollo urbano parecen no tener ningún inconveniente en que el principal acceso entre Talavera y Cazalegas pueda quedar marcado por una planta de biometano. Una instalación que, independientemente del debate sobre su utilidad, difícilmente encaja con la idea de una entrada moderna, amable y atractiva.
Resulta curioso cómo cambian los principios cuando se cambia de despacho.
Lo que antes era intolerable, ahora parece perfectamente asumible.
Lo que ayer era una agresión al paisaje, hoy se vende como progreso.
Y lo que hace unos años se denunciaba con vehemencia, hoy apenas merece un encogimiento de hombros.
No estamos discutiendo si el biometano es necesario. La transición energética exige buscar alternativas más sostenibles y una mejor gestión de los residuos. Nadie discute esa necesidad.
La cuestión es otra.
¿De verdad no existe otro lugar?
- ¿De verdad la mejor ubicación posible para una infraestructura de este tipo es la puerta de entrada a una ciudad de más de 80.000 habitantes?
- ¿De verdad nadie pensó que la imagen importa?
Además, Talavera no es un caso aislado. En toda España se está produciendo una auténtica carrera por implantar plantas de biometano, pero también está creciendo la contestación social. Investigaciones periodísticas y plataformas ciudadanas alertan de que la proliferación de estos proyectos está generando conflictos por su ubicación, el aumento del tráfico pesado, la gestión del digestato y su impacto sobre el entorno. Incluso Castilla-La Mancha trabaja ya en una regulación más estricta para fijar mayores garantías y distancias respecto a los núcleos urbanos. El debate no es renovables sí o renovables no; el debate es si cualquier ubicación vale. Y la respuesta parece evidente: no.
Las ciudades compiten por atraer empresas, turismo e inversiones. Se gastan millones en rotondas, iluminación, zonas verdes, mobiliario urbano y campañas de promoción para construir una marca reconocible.
Mientras tanto, aquí corremos el riesgo de que la primera impresión de quien llegue a Talavera sea la de una gran instalación ligada al tratamiento de residuos.
Toda una declaración de intenciones.
Después nos preguntaremos por qué cuesta tanto vender la ciudad.
Lo verdaderamente preocupante no es solo el proyecto. Es la facilidad con la que algunos olvidan lo que defendían hace apenas unos años.
La coherencia debería ser el mínimo exigible en política.
Si ayer era fundamental proteger la imagen de Talavera, también debería serlo hoy.
Si ayer la entrada era estratégica, también debería seguir siéndolo ahora.
Y si ayer se criticaba cualquier actuación que pudiera afear ese acceso, hoy habría que aplicar exactamente el mismo criterio.
Porque la hemeroteca tiene muy mala memoria para quienes cambian de opinión según el sillón que ocupan.
Talavera necesita industria. Necesita empleo. Necesita inversiones.
Pero también necesita dirigentes capaces de decir que no cuando un proyecto, por muy legal o rentable que sea, no encaja en el lugar donde pretende instalarse.
- No todo vale.
- No todo cabe.
- Y no todo puede justificarse con la palabra «progreso».
Quizá dentro de unos años alguien inaugure una nueva rotonda en ese acceso y vuelva a hablar de la importancia de la imagen de la ciudad.
Será difícil hacerlo sin que más de uno recuerde que hubo un tiempo en el que esa misma entrada pudo convertirse en el mayor símbolo de una contradicción política.
Porque algunos soñaban con levantar un monumento que diera la bienvenida a Talavera.
Al final, corremos el riesgo de inaugurar otro muy distinto.
Un monumento a la incoherencia.



