Hay una escena que se repite cada septiembre: volvemos a casa después de las vacaciones, deshacemos la maleta y, cuando llega el momento de volver al trabajo… nuestro cuerpo parece decir: “¿De verdad tenemos que volver?”
Y llega el día: son las nueve de la mañana y Talavera ya está en marcha. El tráfico vuelve a llenar las calles. En la cafetería de siempre ya hay gente hablando de trabajo. Y la agenda vuelve a llenarse de tareas pendientes.

Tú estás ahí.
Pero una parte de tu cabeza parece seguir en otra parte.
Nos cuesta madrugar. Nos cuesta concentrarnos. Nos sentimos más irritables, cansados o desmotivados. Incluso podemos experimentar cierta tristeza por haber dejado atrás esos días de libertad.
Pero ¿por qué sucede esto?
La respuesta es mucho más sencilla, y más humana, de lo que parece
Volver al trabajo significa volver a cambiar de ritmo, de horarios y de tareas, y nuestro organismo y nuestra atención necesitan tiempo para adaptarse de nuevo.
No funcionamos como un interruptor que pasa del modo «vacaciones» a «trabajo» en cuanto volvemos a incorporanos.
Durante las vacaciones cambian nuestros horarios, nuestras obligaciones y nuestras rutinas. Dormimos más, o a otras horas, trasnochamos, hacemos actividades que nos gustan, pasamos más tiempo con las personas que queremos y podemos decidir con mayor libertad cómo ocupar nuestro tiempo. Bajamos una marcha y nos acostumbramos a ese nuevo ritmo.
Por eso, cuando volvemos al trabajo, no estamos simplemente “volviendo a la oficina”. Estamos haciendo una nueva transición, pero de manera bastante brusca.
Es como ir conduciendo por una carretera tranquila e incorporarnos de golpe a una autopista llena de tráfico. Podemos hacerlo, pero el cambio se nota.
¿Y si las vacaciones nos estuvieran dando pistas?
Durante las vacaciones solemos recuperar algunas cosas que necesitamos para encontrarnos bien: tiempo, descanso, autonomía, sensación de disfrute, contacto con las personas que queremos, contacto con la naturaleza, o simplemente la posibilidad de hacer las cosas a nuestro ritmo.
Cuando regresamos, muchas de ellas vuelven a quedar relegadas por las obligaciones y los horarios.
Por eso, en lugar de intentar olvidar las vacaciones, podemos facilitar la transición.
Una de las mejores estrategias es no pensar que el bienestar pertenece exclusivamente a los periodos de descanso.
Pregúntate:
- ¿Qué hacía que me sintiera bien? ¿Qué actividades me ayudaban a desconectar?
- ¿Qué había en esos días que quiero conservar en mi vida cotidiana?
Podemos mantener alguna actividad que nos haya hecho sentir bien: salir a caminar, reservar un rato para leer, quedar con alguien o simplemente reservar un pequeño espacio del día para ti.
No se trata de prolongar las vacaciones indefinidamente. Se trata de no dejar todo lo bueno en la maleta.
Una pregunta para septiembre
A lo mejor el objetivo de la vuelta no debería ser simplemente volver a la normalidad.
A lo mejor deberíamos preguntarnos: ¿qué quiero conservar y qué quiero dejar atrás de esa normalidad que tenía antes de las vacaciones?
Porque no todo lo que formaba parte de nuestra rutina antes de marcharnos tiene por qué ser algo que queramos recuperar.
Las vacaciones pueden ser mucho más que un paréntesis. Pueden convertirse en una pequeña radiografía de nuestra vida: nos muestran cómo nos sentimos cuando tenemos tiempo, qué actividades nos hacen bien, con quién disfrutamos, qué necesitamos recuperar y qué situaciones nos estaban desgastando.
Por eso, este septiembre, además de deshacer la maleta, podemos hacer otra cosa: quedarnos con alguna de las cosas buenas que descubrimos durante las vacaciones.
Porque el bienestar no debería ser algo que visitamos una vez al año.
Debería formar parte también de nuestra vida cotidiana.

Psicología para el dia a dia





