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Cuando la naturaleza habla, no miente
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Los incendios de Ávila y Toledo obligan a España a mirar de frente una realidad incómoda: el cambio climático existe, el mundo rural se vacía y los bosques necesitan gestión, no debates estériles.

Las imágenes que durante los últimos días han llegado desde Ávila, Toledo y la Sierra Oeste de Madrid permanecerán durante mucho tiempo en la memoria colectiva. Decenas de miles de hectáreas reducidas a cenizas, pueblos enteros amenazados por las llamas, miles de personas evacuadas y un paisaje que tardará décadas en recuperar parte de lo que ha perdido.

Cuando la naturaleza habla, no miente
Cuando la naturaleza habla, no miente

Cada verano repetimos el mismo ritual. Miramos con impotencia cómo avanzan las llamas, aplaudimos el extraordinario trabajo de bomberos forestales, brigadas, agentes medioambientales y voluntarios, lamentamos las pérdidas y, cuando llegan las primeras lluvias, volvemos a olvidar el problema hasta el año siguiente.

Pero esta vez deberíamos hacernos una pregunta diferente.

¿Cuántas veces más necesita hablar la naturaleza para que dejemos de mirar hacia otro lado?

Porque la naturaleza no entiende de ideologías. No vota. No participa en campañas electorales ni en debates televisivos. La naturaleza simplemente responde a las condiciones que encuentra. Y lo que lleva años mostrando es una realidad que resulta cada vez más difícil negar.

Las temperaturas baten récords con mayor frecuencia. Las olas de calor son más largas e intensas. Las sequías se prolongan durante meses. La humedad del suelo disminuye y el monte permanece seco durante más tiempo. Todo ello crea el escenario perfecto para que cualquier chispa termine convirtiéndose en un gran incendio forestal.

El cambio climático no enciende una cerilla, pero sí convierte un incendio que hace veinte años podía controlarse en cuestión de horas en un monstruo capaz de devorar miles de hectáreas en apenas unos días.

Negar esta evidencia científica no hará que desaparezca.

Foto Vía epdata.es

Pero tampoco sería honesto reducir el problema únicamente al cambio climático.

Foto Vía epdata.es

España arrastra desde hace décadas otra emergencia silenciosa: el abandono del medio rural.

Miles de agricultores han dejado de cultivar sus tierras. La ganadería extensiva desaparece poco a poco. Los aprovechamientos forestales tradicionales han perdido peso económico. Los pueblos envejecen mientras los jóvenes emigran buscando oportunidades.

Y cuando desaparece quien vive del monte, también desaparece quien lo cuida

Durante siglos, agricultores, ganaderos, resineros, leñadores y trabajadores forestales mantuvieron un equilibrio natural. El ganado limpiaba el sotobosque, la madera se aprovechaba, los caminos permanecían abiertos y la vegetación no alcanzaba la densidad que hoy presentan muchos montes españoles.

Hoy, en demasiados lugares, ese equilibrio se ha roto.

Donde antes había actividad humana ahora se acumulan toneladas de matorral seco que funcionan como un inmenso depósito de combustible esperando una chispa.

Sin embargo, cada vez que ocurre una tragedia como la que estamos viviendo, vuelven a aparecer los mismos mensajes en redes sociales asegurando que

Nada más lejos de la realidad.

No existe ninguna norma que prohíba limpiar los montes. Ninguna.

Tampoco existe un solo objetivo de la Agenda 2030 que impida gestionar los bosques, retirar biomasa, abrir cortafuegos o realizar trabajos selvícolas. La gestión forestal sostenible forma parte precisamente de las herramientas que los organismos internacionales consideran fundamentales para proteger los ecosistemas frente a incendios cada vez más extremos.

El problema nunca ha sido la prohibición de limpiar.

El problema es que cada vez se limpia menos porque cada vez queda menos gente viviendo del monte.

Y ahí está la verdadera reflexión que deberíamos abrir como sociedad.

Conservar un bosque no significa abandonarlo

Un bosque no se protege dejándolo crecer sin control.

Un bosque se protege gestionándolo.

Los ingenieros forestales llevan años insistiendo en la misma idea: un monte bien gestionado acumula menos combustible vegetal, ofrece mayores oportunidades de extinción y reduce significativamente el riesgo de grandes incendios.

La prevención comienza mucho antes de que despeguen los hidroaviones.

Empieza durante el invierno con desbroces selectivos.

  • Con cortafuegos mantenidos.
  • Con caminos forestales transitables.
  • Con aprovechamientos madereros sostenibles.
  • Con ganadería extensiva.
  • Con pastoreo tradicional.

Con biomasa convertida en recurso energético en lugar de convertirse en combustible para el próximo incendio.

Y, sobre todo, comienza recuperando vida en nuestros pueblos.

Porque difícilmente podremos cuidar un territorio que dejamos morir poco a poco

Cuando la naturaleza habla, no miente

En este contexto adquieren especial importancia muchos de los objetivos vinculados al desarrollo sostenible, que apuestan por revitalizar las zonas rurales, proteger los ecosistemas terrestres, impulsar una gestión forestal responsable y generar oportunidades económicas que permitan fijar población en el territorio.

No se trata únicamente de proteger árboles.

Porque cada explotación ganadera que desaparece, cada agricultor que abandona su tierra y cada pueblo que pierde habitantes hacen nuestros montes un poco más vulnerables.

Mientras tanto, el debate público continúa demasiado ocupado buscando culpables sencillos para problemas extraordinariamente complejos.

Resulta mucho más cómodo compartir un bulo en redes sociales que afrontar una realidad incómoda.

Pero los incendios no entienden de bulos.

  • No distinguen entre quienes creen en el cambio climático y quienes lo niegan.
  • No preguntan por ideologías.

Solo encuentran temperaturas extremas, vegetación seca y un territorio cada vez menos gestionado.

La naturaleza lleva años advirtiéndonos.

  • No grita.
  • No protesta.
  • No hace política.

Simplemente responde.

Y cuando responde, lo hace con una fuerza devastadora.

Quizá haya llegado el momento de dejar de discutir sobre si el cambio climático existe y empezar a preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer para convivir con una realidad que ya está aquí.

Porque apagar incendios seguirá siendo imprescindible.

Pero evitar que vuelvan a repetirse será siempre mucho más inteligente.

La naturaleza seguirá hablando.

La única incógnita es si esta vez tendremos la humildad suficiente para escucharla.

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