Hay días en los que todo parece afectarnos más de la cuenta. Un comentario de alguien cercano nos molesta durante horas. Una preocupación nos acompaña incluso cuando intentamos distraernos. O sentimos una tristeza que no sabemos muy bien de dónde viene y que querríamos quitarnos de encima cuanto antes.
En esos momentos es fácil pensar que algo va mal. Nos decimos que tenemos que tranquilizarnos, que tenemos que dejar de darle vueltas o intentar ver las cosas de otra manera.

Pero ¿y si, antes de intentar dejar de sentirnos así, nos parásemos a escuchar qué nos está pasando?
Las emociones desagradables también tienen una función
A nadie le gusta sentir miedo, tristeza o enfado. Son emociones incómodas, a veces intensas, que pueden complicarnos el día. Sin embargo, que nos hagan sentir mal no significa que sean inútiles.
Las emociones cumplen una función importante: nos ayudan a interpretar lo que ocurre a nuestro alrededor y a responder ante ello. Pueden alertarnos de posibles peligros, ayudarnos a reconocer nuestras necesidades y darnos pistas sobre aquello que nos importa.
Las emociones agradables nos ayudan a conectar con los demás, a tener más energía y a disfrutar de la vida y pueden ampliar nuestra forma de ver las cosas. Pero las emociones incómodas también tienen su función.
El miedo, por ejemplo, nos prepara para reaccionar ante una posible amenaza. Imagina que vas por la calle y escuchas un frenazo. Casi sin pensarlo, te pones alerta y buscas de dónde viene el peligro. Esa reacción puede ayudarte a protegerte.
El problema aparece cuando la alarma se activa una y otra vez, incluso cuando no existe una amenaza real o cuando nuestra reacción es mucho mayor de lo que requiere lo que está ocurriendo.
La tristeza suele aparecer ante una pérdida, una decepción o una etapa difícil. Puede acompañarnos mientras asimilamos lo ocurrido y ayudarnos a reconocer que necesitamos tiempo, bajar el ritmo o buscar compañía. No siempre podemos seguir como si nada hubiera pasado.
El enfado también tiene su razón de ser. Puede aparecer cuando sentimos que algo es injusto, que alguien ha traspasado un límite o que nuestras necesidades no están siendo tenidas en cuenta. Esa emoción puede ayudarnos a defender nuestros derechos o a poner freno a una situación que necesitamos cambiar.
Eso si, sentir enfado no nos da derecho a herir a los demás, ni justifica cualquier comportamiento. Podemos estar muy molestos y, aun así, elegir cómo expresar lo que nos pasa.
Cada emoción puede aportarnos información, aunque no siempre resulte fácil interpretarla. La cuestión está en aprender a reconocerla y decidir qué hacemos con ella.
Cuando queremos dejar de sentir antes de comprender
Imagina que has tenido un día complicado en el trabajo. Llegas a casa y alguien te hace un comentario que, en otro momento, quizá habrías pasado por alto, o incluso te habría hecho gracia. Pero hoy te molesta muchísimo.
Contestas mal, te sientes culpable y terminas enfadándote contigo por haber reaccionado así.
¿Te suena?
Puede que tu reacción no tenga que ver únicamente con ese comentario. Puede que lleves días acumulando cansancio, sientas que nadie reconoce tu esfuerzo o necesites descansar y no encuentras el momento para hacerlo.
Cuando estamos muy alterados, nos cuesta más pensar con claridad, nos cuesta más valorar las distintas opciones y podemos reaccionar de una manera que después lamentamos. Por eso, intentar resolver una discusión en pleno enfado no siempre es la mejor idea.
La psicóloga Susan David, especializada en agilidad emocional, defiende una forma de relacionarnos con nuestras emociones basada en reconocerlas y comprenderlas, sin intentar esconderlas ni dejar que dirijan automáticamente nuestra conducta.
Esto nos ayuda a distinguir algo importante: sentir no es lo mismo que actuar de una determinada manera. Podemos tener miedo y afrontar una conversación difícil. Podemos estar enfadados y expresar nuestro desacuerdo sin atacar. O sentir tristeza y seguir encontrando pequeños momentos de conexión con los demás.
No siempre podemos elegir lo que sentimos, pero sí podemos aprender a responder de otra manera.
Tres preguntas para entender lo que te ocurre
La próxima vez que una emoción te incomode, prueba a detenerte un momento antes de intentar quitártela de encima. No necesitas analizarte durante media hora. Basta con hacerte tres preguntas.
1. ¿Qué estoy sintiendo?
Intenta poner nombre a lo que te pasa. ¿Es tristeza, miedo, enfado, frustración, vergüenza? ¿O quizá estás sintiendo varias cosas a la vez?
A veces decimos que estamos “mal” cuando, en realidad, estamos decepcionados, preocupados o agotados. Poner nombre a la emoción puede ayudarnos a entender mejor lo que estamos viviendo, y a tomar algo de distancia antes de reaccionar.
2. ¿Qué ha ocurrido?
Piensa en la situación que ha despertado esa emoción. ¿Has recibido una crítica? ¿Ha cambiado un plan importante? ¿Llevas demasiados días sin descansar? ¿Algo te ha hecho sentir que no te tienen en cuenta?
Intenta distinguir entre lo que ha pasado y lo que has pensado sobre ello. Lo que pensamos sobre una situación también influye en cómo nos sentimos. No es lo mismo pensar que alguien no ha contestado un mensaje porque está ocupado o se le ha olvidado que interpretar que está enfadado contigo. La situación es la misma, pero la interpretación puede cambiar cómo nos sentimos y cómo respondemos.
3. ¿Qué necesito ahora?
Esta pregunta puede ayudarte a pasar de la emoción a la acción.
Quizá necesites descansar, pedir ayuda, aclarar un malentendido o poner un límite. Si estás enfadado porque sientes que asumes demasiadas responsabilidades, tal vez necesites hablar sobre cómo repartirlas. Si estás triste porque echas de menos a alguien, quizá te venga bien llamar a esa persona o compartir cómo te sientes con alguien de confianza.
Y, en ocasiones, lo que necesitas es darte tiempo. No todas las emociones tienen una solución inmediata.
Comprender las emociones también se aprende
A veces hemos crecido escuchando que no hay que llorar, que enfadarse está mal o que debemos ser fuertes y seguir adelante. Con el tiempo, podemos acostumbrarnos a guardar lo que sentimos y a ocuparnos de todo lo demás.
También conviene recordar que las emociones no siempre reflejan los hechos tal como son. Sentir miedo no significa que exista un peligro real. Sentir culpa tampoco demuestra que hayamos hecho algo malo. Y estar enfadados no significa necesariamente que la otra persona haya actuado de forma injusta. Las emociones nos dan pistas, pero necesitamos valorar la situación teniendo en cuenta los hechos y las circunstancias.
Si el malestar es muy intenso, se prolonga en el tiempo o empieza a interferir en nuestra vida cotidiana, contar con ayuda psicológica profesional puede ayudarnos a comprenderlo y a encontrar herramientas para afrontarlo.
La próxima vez que una emoción te incomode, prueba a cambiar una pregunta.
En lugar de decirte “¿Cómo hago para dejar de sentirme así?”, puedes preguntarte: “¿Qué necesito en este momento?”, “¿Qué me esta queriendo decir esta emoción?”
Quizá te des cuenta de que llevas demasiado tiempo sin descansar, que hay algo que necesitas expresar o que te vendría bien pedir ayuda. O quizá no encuentres una respuesta clara. No pasa nada. Comprender lo que sentimos lleva tiempo y no siempre resulta sencillo.
No se trata de estar bien todo el tiempo ni de convertir las emociones desagradables en algo positivo. Se trata de aprender a convivir con las dificultades y desarrollar recursos para afrontarlas.
Porque vivir mejor no significa dejar de sentir miedo, tristeza o enfado. Significa poder reconocer esas emociones sin juzgarnos por ellas, comprender qué nos ocurre y decidir qué queremos hacer con ello.
Las emociones desagradables no siempre son un problema que debamos eliminar. A veces son una señal que merece la pena escuchar.

Eva Chimeno. Psicología para el día a día.





