Últimamente hay algo de lo que hablamos casi todos: la inteligencia artificial, y reconozco que me produce sentimientos encontrados.
Por un lado, me parece increíble todo lo que puede hacer: le haces una pregunta y en segundos te ayuda a preparar un informe, traducir o analizar datos. Cosas que llevaban horas, ahora se hacen en minutos. Pero también da un poco de miedo, porque va tan deprisa que no nos da tiempo ni a entenderlo. Vemos fotografías que parecen reales y no lo son, escuchamos voces creadas por máquina y dudamos de si las noticias habrán pasado de verdad.
Y luego está el miedo laboral. ¿Cuántos puestos desaparecerán o cambiarán? ¿Seremos capaces de adaptarnos? Ahí está la clave, porque esto no se va a parar. La inteligencia artificial está aquí y, bien utilizada, es una herramienta extraordinaria en medicina, educación, empresas o seguridad, quitándonos tareas repetitivas que nos roban tiempo.
Pero hay algo que no deberíamos olvidar: no podemos dejar que una máquina piense siempre por nosotros. Que nos ayude y facilite la vida, sí. Pero decidir, equivocarnos, aprender, tener criterio, emocionarnos y preocuparnos por los demás sigue siendo cosa nuestra.
Quizá en unos años nos riamos de este temor o descubramos que estaba justificado. Lo que sí sabemos es que tenemos una herramienta potentísima y depende de las manos que la usen. Habrá que aprender a utilizarla, ponerle límites y no perder algo esencial: el sentido común y nuestra propia inteligencia, aunque empiece a dar miedo.

PILAR FERNÁNDEZ






