Hay días en los que todo parece ir bien. Dormimos bien, tenemos energía, disfrutamos de las personas que queremos y afrontamos las obligaciones con cierta facilidad.
Y hay otros en los que nos cuesta más.

Estamos cansados, preocupados, irritables o simplemente tenemos el día cruzado.
Durante mucho tiempo, hemos asociado el bienestar con la primera de esas situaciones: estar tranquilos, sentirnos felices, tener energía y mantener una actitud positiva.
Pero, ¿ y si estar bien no significara sentirse bien todo el tiempo?
Una de las ideas más importantes que podemos aprender sobre el bienestar es precisamente que una vida saludable no es una vida sin emociones desagradables, dificultades o momentos de malestar. Es una vida que cuenta con recursos para afrontarlos.
No podemos elegir muchas cosas de las que nos pasan, como tampoco podemos elegir todas nuestras emociones.
Hay emociones que nos gustan y otras que preferiríamos evitar.
La alegría nos resulta agradable. La tristeza, la frustración, el miedo o la preocupación, no tanto.
Pero las emociones cumplen una función. Nos proporcionan información sobre cómo nos afecta lo que estamos viviendo, y pueden ayudarnos a responder ante las circunstancias de la vida.
El error está en pensar que para estar bien deberíamos sentirnos bien constantemente.
Cuando estamos preocupados, queremos dejar de preocuparnos inmediatamente.
Cuando estamos cansados, nos exigimos seguir funcionando.
Cuando estamos tristes, queremos dejar de estarlo.
Y no todo malestar es un problema que haya que eliminar inmediatamente. A veces es una emoción que necesita ser escuchada, una situación que necesitamos afrontar o simplemente una experiencia humana que necesita tiempo.
Entonces, ¿qué significa realmente estar bien?
Martin Seligman, uno de los principales impulsores de la Psicología Positiva, propuso entender el bienestar de una manera más amplia. No se trata solo de experimentar emociones agradables; también importan nuestras relaciones, nuestra implicación en lo que hacemos, el sentido que encontramos en nuestra vida y aquello que somos capaces de desarrollar.
En otras palabras, el bienestar tiene más que ver con construir una vida que merece la pena, que con conseguir sentirnos bien todos los días.
Esto cambia bastante las cosas.
Porque significa que podemos estar atravesando una etapa difícil y, aun así, estar cuidando nuestro bienestar.
Podemos estar preocupados por un cambio importante y seguir teniendo personas a nuestro lado. Podemos sentir frustración en el trabajo y, al mismo tiempo, estar aprendiendo. Y podemos tener un día triste y seguir viviendo de acuerdo con nuestros valores.
El bienestar no desaparece cada vez que aparece una emoción incómoda.
Por supuesto, no podemos controlar todo lo que sucede. Pero sí podemos cuidar algunas de las condiciones que sostienen nuestro bienestar. Tener personas con las que podamos hablar y sentirnos nosotros mismos. Encontrar momentos para descansar y recuperarnos. Reconocer las fortalezas que utilizamos cuando las cosas se complican. Y también conectar con aquello que da sentido a lo que hacemos.
No hace falta tener una gran misión en la vida. El sentido puede estar en educar a nuestros hijos, cuidar de alguien, hacer bien nuestro trabajo, crear algo, aprender o contribuir a nuestra comunidad.
Son pequeñas cosas. Pequeñas acciones que, sin darnos cuenta, nos ayudan a construir día a día nuestro bienestar.
Y no, no hace falta hacerlo todo bien. Ni siquiera todos los días.
Quizá necesitamos aprender algo que parece sencillo, pero a veces no lo es tanto: aceptar que no todos los días tienen que ser buenos para que nuestra vida pueda ser una buena vida.
Porque vivir bien no significa que todo vaya siempre bien. Significa tener recursos para seguir adelante incluso cuando las cosas no van como esperábamos.

Psicología para el dia a dia





