Violadores

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Hace algunos meses, recordarán, llegó a nuestro territorio el religioso Miguel Pajares, contagiado por el ébola en África, ¿Qué medidas tomamos para que la epidemia no se propagase? Sufrió un aislamiento, no pensando en sus derechos como ciudadano, sino haciéndolo por el conjunto de individuos que podrían verse afectados por el contagio. Sobre cómo se desarrollaron esas medidas mucho habría que discutir, sobre la decisión de aislarle, nada. Enfundados en la bandera del humanismo hemos aceptado determinados preceptos morales que permiten que violadores, pederastas y demás ralea, puedan salir de prisión una vez cumplida su condena, aun, sabiendo, por los informes de los profesionales que trabajan con ellos, que se hallan en disposición de volver a cometer los delitos sexuales por los que fueron condenados. No es descabellado pedir que un violador cumpla, como mínimo, su condena íntegra, pero si hay informes negativos de su reingreso a la sociedad, debería no salir, aunque eso significase que tuviera que estar toda su vida entre rejas. Creo en la reinserción como principio humanista, tal y como lo refleja nuestra Constitución, pero no está en absoluto en contradicción con opinar que una persona que entró en prisión por haber violado a una mujer o a un niño, no abandone la cárcel hasta que los informes pertinentes puedan avalar que el sujeto está en condiciones de vivir en comunidad sin agredir sexualmente a nadie. Lo demás es literatura filosófica, literatura que nos degrada como especie. Cuando un violador, que ha estado en la cárcel, sale y vuelve a violar, la persona que ha sufrido el ultraje debería tener el derecho de explosionar el sistema que facilitó su martirio.

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