Pedro Sánchez

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Pedro Sánchez (Fotog. La Voz Libre)
Pedro Sánchez (Fotog. La Voz Libre)

No habrá elecciones. Conocemos el teatro, nos viene desde muy lejos. Ya lo presenciamos hace poco en Cataluña con el presidente Marx, el pequeño y más farsante de los hermanos. Presionan hasta el último momento, sacan pecho desde el circo que han creado, tensan la cuerda, se hacen necesarios en el desgobierno, contingentes y discursivos, de despacho en despacho pasan las horas muertas, tratan de enseñarnos, obscenamente, quién la tiene más grande. Antes del pitido final vendrá el relato: pensando en la nación, escuchando a la ciudadanía, enarbolando la bandera, atendiendo a la demanda de la muchedumbre, el pueblo ha querido, su Majestad nos ha potestado, hemos decidido: mañana sol y buen tiempo. Si Pedro Sánchez se arriesga a unos nuevos comicios, sabe, como lo sabe Belén Esteban, Kiko Matamoros y el exministro Soria (que sabe más de lo que puede pasar que de lo que pasó en sus empresas), que tendrá que coger la ropa de verano, meterla en una vieja maleta e irse a su pueblo con viento fresco. Ha maniobrado como lo hace un traficante que lleva sirios camino de la costa griega. Hasta el último instante nos tendrá en ascuas, cogiendo oxígeno para lo que nos viene por delante, hablando de la Gürtel, de Venezuela, o del último disco de Locomía. Su barcaza tiene un recorrido muy corto, y Susana lo espera con una escopetilla de matar gorriones desde el acantilado andaluz: o se deja coger por una patrullera morada, o zozobra en las aguas del Mar Muerto.

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