Un monstruo viene a veros

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un-monstruo-viene-a-vermeNo puede ser más vulgar, más tramposo, más evidente. Muy poco importa, a estas alturas, que destripe el producto cinematográfico más consumido por el público español este año. Ponemos en la misma coctelera una madre con un cáncer terminal, una dimensión exagerada de fuegos artificiales, los hacemos pasar por la mirada de un hijo que, para colmo, sufre maltrato escolar y trata de rebelarse contra la enfermedad de su progenitora, una actriz de renombre internacional que pasaba por allí, y conseguimos una ristra suculenta de nominaciones en la gala más importante de nuestra cinematografía (aspira a la friolera de catorce estatuillas). Todas las cadenas importantes de televisión han puesto suculentas cantidades de dinero, y han promocionado la película hasta la extenuación. Escuchas a la gente que, emocionada, sale de las salas y, de repente, surge el humano complejo de atacar algo que acaba siendo mito por la comunidad de espectadores, ¿será que me estoy obcecando con algo que no tiene rechazo? Con tanto cliché es imposible no soltar una lágrima (he de confesar que solté unas cuantas), pero resulta extremadamente fácil encontrar un lugar tan común para el llanto. No hay historia, no tiene alma, el monstruo que flirtea durante toda la cinta devora el alma de la película, los efectos especiales no acentúan el drama sino que predominan, desvirtuando el clímax, la sustancia, la firma personal del autor. Venimos de premiar en las galas anteriores “Truman”, una muy buena película, y la extraordinaria “Vivir es fácil con los ojos cerrados”, ambas soportadas por muy buenas interpretaciones y carentes de manipulaciones facilonas, arquetipos estrafalarios o rodillos holliwoodienses. Si esto es lo mejor de nuestro cine, es que nuestro cine, al menos este año, no anda tan bien como nos pensamos.

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