Los extremos

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Extremos

Los extremos se tocan es la mayor falacia que han sido capaces de crear y que se expande como lo hace la enfermedad en un cuerpo débil. ¿Qué extremos se tocan? ¿Qué idiotez sin respuesta es ésta a la que todo el mundo acude cuando busca un argumento que dignifique su parlamento? ¿Qué clase de ejemplos mantienen vivo un planteamiento tan disparatado, tan irreal, tan frívolo? ¿En qué se parece el blanco al negro? ¿En qué un político muy honesto a uno muy corrupto? ¿En qué la Madre Teresa de Calcuta a Pinochet? Luego dicen, ¿Acaso no se parecían Hitler y Stalin? A lo que un joven de bachillerato sabría dar respuesta: se parecían porque eran iguales, idénticos, sádicos paranoicos que ajusticiaban gente, ambos amantes del totalitarismo, del control absoluto, de la deportación y purga al pensamiento crítico, contrario. Todo tiene una razón, un por qué: la segregación y catalogación ayuda a una comprensión rápida y fácil de los hechos. Luego catalogan el extremo. El extremo es malo, y si te meten en ese territorio estás bien jodido. Ya solo queda escoger el medio, y utilizan la era de la comunicación para divulgar su mensaje y que nos llegue a todos. El trabajo está realizado, el objetivo logrado, el producto está ya en el mercado. Si los extremos se tocan será en la intimidad de sus domicilios, a la tenue luz de una lámpara de Ikea, y justo, justo, justo, entre rodilla y cinturón, en la mismísima entrepierna.

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