Libro de papel

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libro-de-papelSoy incapaz de leer un libro en formato digital. No es torpeza, lo juro, tampoco rebeldía contra las nuevas formas tecnológicas que invaden los antiguos escenarios diseñados para el gozo privado de la lectura. Probablemente sea, a parte del tacto y del olor que desprenden los libros de papel, el caos selectivo que producen, exactamente igual que pasarse media tarde en una librería. Siempre acudo con una idea concreta, pero una vez allí me dejo embaucar por tamaños y colores, una controlada anarquía se apodera de mí, y puedo estar atisbando materias por las que no tengo el más mínimo interés, sabiendo que el grado de satisfacción ante cada nuevo descubrimiento es como una revelación profética. La estética del libro de papel es incomparable, por su distribución en hilera sobre un montón de baldas apiladas en estanterías consigue llenar con su luz una estancia fría. Y creo, tristemente, que en pocos años encontrarse con una librería será algo tan asombroso como ver una cabina de teléfonos, y a las generaciones venideras les costará imaginarse cómo éramos capaces de amontonar en nuestras casas tanto objeto inservible.

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