La respuesta está en el Nobel

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Cuando Aristóteles afirmó que de todas las artes habidas, la política era la más elevada, lo decía -según sus propias palabras- porque es la única capaz de transformar la realidad social en la que se desarrolla. Y bien es cierto que, durante la historia de la humanidad, es el arte de hacer política el que ha generado cambios en las formas de pensar y de relacionarnos los seres humanos. Y aunque siglos después, la arquitectura romana, por ejemplo, estableció una forma de relación entre los individuos y las ciudades, esa máxima aristotélica quedó en evidencia durante la década de los sesenta del pasado siglo. De pronto, la música que se fraguó durante esos años, trastocó de una manera importante el devenir de toda una generación. Fue el instrumento que alimentó desde perspectivas estéticas (corte de pelo, forma de vestir), de ocio, de amar, y rupturistas con las generaciones precedentes, e impulsó movimientos antibélicos y en defensa de las libertades civiles. Algo se movió desde Liverpool hasta la costa oeste de San Francisco. En la escena en la que los Beatles estaban dando forma a un concepto musical popular, con la ayuda inestimable de muchos otros grupos, y creando la industria musical tal y como hoy la conocemos, un norteamericano de figura esmirriada -y pelo crespo- estaba revolucionando, desde una perspectiva musical, el folk (razón por la que fue muy criticado por los puristas, lo mismito que Camarón, unos años después, con el flamenco). Además de estar poniendo letra a uno de los periplos más convulsos de nuestra era, ésta, forma parte de la partitura universal de la poesía. Y su influencia en la concepción de que, en esa nueva forma de expresión popular denominada canción, la letra podía tener un alcance similar al de la música, ha influido en autores tan respetados como Leonard Cohen, Joe Cocker, Bruce Springteen, Beck, John Lennon, Joaquín Sabina, Eddie Vedder, Paul Weller, Joan Manuel Serrat, y un interminable etcétera. Pues bien, ese hombre era Bob Dylan.

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