La estafa democrática

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El pasado domingo, el pueblo colombiano estaba llamado a las urnas para refrendar los acuerdos de paz entre el gobierno de Colombia y las FARC. Como saben, al final, ganó el NO por un estrecho margen, pero el porcentaje de participación fue de un 37, 44%. No se pueden dar por democráticos unos resultados en los que el 62,56% de la población no ha ejercido su derecho al voto en una cuestión tal capital como esta. La democracia no solo presenta un proceso determinado, sino que además necesita de un alto grado de participación. Los estados, a fin de hacer operativos los resultados electorales del carácter que sean, no se plantean mecanismos de repetición cuando los niveles de participación son bajos o muy bajos. Esto no responde solamente al gasto de energías y dinero, sino que supone un cuestionamiento profundo sobre la percepción que tiene la ciudadanía sobre la gestión, la calidad de información, validez, responsabilidad, de sus representantes y del propio sistema. La pregunta fundamental no puede estar relacionada con el resultado, es fácil enredarse en esa cuestión. La pregunta clave es: ¿Por qué se da validez a un resultado en el que más del 50% de los ciudadanos llamados a votar no han expresado su opinión? O, mejor aún: ¿Cuáles han sido las motivaciones que han provocado un porcentaje tan bajo de participación? El problema es que las respuestas a estas preguntas no cuestionan al votante sino a los que organizan el proceso, a los que gobiernan, y al sistema que los ampara. Y eso es muy peligroso.

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