La calle

0

la-calle

Hubo un tiempo en el que fuimos calle. No salíamos de ella. Ella nos desbordó con todo su carnaval de posibilidades. Allí comprendimos lo que era la amistad, el amor, el empeño, la responsabilidad, el trabajo en equipo, a discutir, a luchar por un objetivo, a pelear un día y al día siguiente a abrazar a nuestro fugaz contrincante, porque en la calle de antes era una ruina perder a un compañero de juego. Era eso, el juego, la mayor de las virtudes que tenía la calle, ya que era, a su particular manera, la parte amplificada del recreo escolar. Recogimos lo que nuestros padres habían vivido años antes. Supimos luego que buena parte de nuestros derechos se habían fraguado en ese territorio. En la calle todo era verdad y todo lo aprendíamos con sus particulares reglas. Entendimos que la lluvia no era impedimento, que el barro era materia con la que se trabaja, o sobre la que se patina, que mancharse no es malo, y que caerse es algo necesario. De alguna manera alargamos la infancia, y tardamos en saber que la imposibilidad de salir a la calle, por castigo o enfermedad, era lo peor que nos podía pasar. Muy poco queda de aquello. La revolución tecnológica, amparada en presupuestos de seguridad, rapidez, y sobretodo comodidad han cambiado el terreno de juego. Cada día que pasa, la calle, está más deshabitada, y es menos trascendente lo que allí pasa. Tristemente, sí. Muy tristemente.

Dejar respuesta