Ese idiota de Javier Marías

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Javier Marías

La frivolidad es la antesala de la idiotez. Sé que no descubro nada nuevo. El idiota es el tonto con aires de grandeza que, con ciertas dosis de arrojo, da consignas vacías a unos compatriotas necesitados de sus sentencias para tomar partido en la vida cultural de su país. Y es que Javier Marías -el más aburrido de todos nuestros literatos- ha escrito un artículo en “El País” en el que justifica, con una ramplona torpeza que roza lo obsceno, el porqué de su ausencia en los teatros. Era, por otra parte, lógico que lo hiciera, habida cuenta de que nuestros directores, actores, regidores, tramoyistas, afamados y modestos, listos y tontos, ricos, pobres y medio-pensionistas, en una palabra: todo el mundo escénico en general, sin caer en ninguna particularidad, se debatía, día sí y día también, entre la lesión del soleo de Gareth Bale y la ausencia injustificada del ciudadano Marías en los teatros. Incluso yo, cada vez que pongo una obra en contacto con el público, pienso mientras se va abriendo el telón: ¿Habrá venido Javier? Y es que el asunto es tan evidente que hasta el más secundario de los personajes que aparece en sus intentos de novela sabe que cuando no se quiere participar -bien por falta de tiempo, interés o intelecto- de una actividad cultural, lo mejor es disparar contra ella. Y así el estúpido sube a la escala de idiota en un abrir y cerrar de ojos.

         Para aquellos que no hayan tenido la desagradable acción de leer el citado artículo, explicaré que el desafortunado estropea-cuartillas, copia, en su infante crítica, una queja que expresó por escrito Antonio Gala hace unos años, sobre la necesidad de guardar cierto cuidado estético cuando los clásicos quieren pasar por el filtro de lo contemporáneo. Cosa que puedo llegar a compartir, siempre atendiendo al caso concreto, y nunca utilizándolo como argumento de incomparecencia. El insuficiente creador no cae en la idea de que cualquier texto teatral, por el simple hecho de ser traducido, ya está siendo adaptado, al igual que una novela, pues la musicalidad de cualquier texto lo da la textura de las palabras que hacinadas muestran un hilo argumental sonoro. Por otra parte, no solo es necesario -sino que además es imprescindible- para cualquier obra dramática someterse continuamente al escaparate de lo nuevo, para poder averiguar de qué manera es capaz de aguantar el inclemente paso del tiempo sobre sus letras. Por lo tanto, señor Marías, siga con su ripiosa caricatura de la novela, mal copiando en estilo a Virginia Woolf, y guarde ante el teatro, no solo el debido respeto que debe atesorar cualquier profano, sino el silencio que se le exige al público escuchante.

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