¡Es arte!

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Morante de la Puebla (Fotografía: Cadena Ser)
Morante de la Puebla (Fotografía: Cadena Ser)

Edith Webster fue una de las actrices teatrales más dotadas y recordadas de su época. El 27 de abril de 1922 mientras se encontraba representando una función en Baltimore se dispuso a cantar su canto de cisne “Por favor, no hablen de mí cuando me haya ido“, en el mismo momento que pronunció la última palabra, se desplomó sobre el escenario, y murieron tanto el personaje que encarnaba como la actriz. Nadie, en su sano juicio, sería capaz de negar el hecho artístico vivenciado porque hubiese supuesto la muerte de un ser humano. La tauromaquia es una manifestación artística y por lo tanto un acto de fe, una creencia, una vivencia personal que conecta realidad y abstracción, utilizando como medio una cierta dosis de sensibilidad. Es una pérdida de tiempo tratar de racionalizar el arte. Te llega o no te llega. Te cubre, te impregna, te sacude. Su labor es no dejarte indiferente. A menudo resulta agotador discutir sobre estas cuestiones. A nadie se le puede inducir a que sienta congoja cada vez que se planta delante de La carga de los mamelucos, de El Guernica o escuchando La novena sinfonía de Beethoven. Su misterio como rito, su infinidad de liturgias, su extenso vocabulario o la plasticidad brutal y auténtica (de las mayores que se pueden contemplar en una sociedad, la nuestra, repleta de artificios), cautivaron a Goya, Lorca, Picasso, Gerardo Diego o Hemingway, por citar a algunos de sus más célebres defensores. La lucha a muerte, a tiempo real, entre un animal salvaje y un hombre es algo inenarrable, esotérico, deslumbrador, antológico, violento, mágico. Por suerte para todos existe el arte, tan libre y sanador, salvador en tantos momentos de nuestra vida, de tantas cosas, y también, por qué no decirlo, del propio arte.

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