Por suerte, no soy yo

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Tiemblo, miro el reloj y faltan pocos minutos para escuchar el giro de sus llaves. Tengo la cena preparada, la casa limpia, los niños acostados para que no le molesten, llegará cansado. Ya, ya está aquí. Entra, intenta clavarme su mirada pero está perdida. Ha vuelto a beber. Pregunto qué tal su día y me responde con un gruñido. Se acerca a la cocina, ve el humo que aún sale de la cacerola y retira su rostro con repugnancia, me mira y, ahora sí. El odio de su mirada está clavado en la mía, viene hacia mí. Oh, no, por favor, ¿es que no te gusta? Pero no responde, se acerca y, cuando ya me tiene lo bastante cerca, levanta su mano y…. Despierto.

No, por suerte, no soy yo, y como no soy yo, ¿me tranquiliza? ¿Ni siquiera me paro a pensar qué puedo hacer para parar esta lacra?

Mi pequeño tiene hambre, y no tengo nada. El único hogar que puedo darle son mi cuerpo, el hambre y el frío que acompañan esta huida. Le arropo con mi manta de esperanza, rodeados de enfermedad, desidia y miseria. Y me embarco. Él conmigo. Días y noches a la deriva, desesperación, mar revuelto, pánico y… Despierto, por suerte, tampoco soy yo pero, ¿y si lo fuera?

 

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